divendres, 22 de març de 2013

Año 28.251: Policía, Baile, Ejército...

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Apreciados lectores o lectoras :-)  

Bueno, la vida sigue, ¿no :-D? Así que, por lo tanto, sigue también la transposición de ese relato del futuro que quienes me persiguen y acosan no quieren permitir que se pueda ni seguir divulgando, ni siquiera mantener en la RED, no pararán hasta hacer desaparecer todo rastro de mi obra, aparte de cargarse también a mi humilde persona. 

Venga, al relato, al relato, que la vida sigue, y Helios alumbra para todas y todos, bienvados o malvados, hasta que nos llegue nuestra hora. 


Más decepciones que os deparará esta sociedad del futuro a las anarquistas: aún existe la Policía. 

Existe, sí, aunque ahora ésta es una función que desde hace siglos desempeñamos obligatoriamente, aunque a tiempo parcial, todas las mayores de edad en algún momento de nuestras vidas, durante un período de duración mínima de tres meses y máxima de dos años. El "Servicio Policial", sí. 

Tal decisión se adoptó una vez que se razonó y comprendió que, por implicar que todas interpretaríamos con seguridad y en el transcurso de nuestras vidas ambos papeles en el juego general de "policías y ladrones", ésa era la única vía o metodología concebible para conseguir que, de verdad, tal colectivo se dedicara, básica y esencialmente, a combatir la delincuencia y no, por citar algo (y como ya había sucedido en épocas pasadas), a realizar funciones de persecución política sobre la ciudadanía, especialmente sobre la más activista, eso cuando no eran el núcleo de tinglados semimafiosos o mafiosos del todo, tinglados favorecidos también, claro está, por circunstancias como las prohibiciones sobre drogas o la marginalización del lamentable, pero entonces aún existente e inevitable, comercio sexual. 

Bien, hay policía, pero ciertas ramas de otros tiempos, como la de las antidisturbios o la secreta político social, ya no existen, con lo que los disturbios propiamente dichos también dejaron prácticamente de existir. 

¡Es que ni un triste tumulto, vaya! Desaparecidas las represoras y, con ellas, una buena parte de las provocadoras, las propias manifestantes ya se encargan de controlar, por ser ello ya un absoluto sinsentido, cualquier actuación o conducta de sus integrantes más allá de lo razonable, no en vano somos una sociedad sumamente pacífica, y cualquier exaltado o exaltada que hoy en día intentara llevar a cabo algún acto dislocado sabría que automáticamente habría de hacer frente a la oposición de todas quienes la rodearan, y el resultado no es otro que el de que nuestras manifestaciones prácticamente siempre transcurren por cauces de, digamos, normalidad. 

Sí, alguna vez nos hemos exaltado tanto que hasta hemos tomado el correspondiente palacio de invierno, pero como no hay nadie para defender tales inmuebles, nunca ha pasado ni pasa nada realmente lamentable, y tras tener invadida la sede de lo que sea el tiempo preciso para que un cuasi instantáneo referéndum ciudadano digital y voluntario dictamine sobre el acuerdo o no con tal ocupación, se procede a atender la reivindicación o a desestimarla, lo que indefectiblemente es seguido por la inmediata y voluntaria salida de las ocupantes, que si perdieron o perdimos (que suele ser lo habitual), siempre dispondremos y disponemos de otras vías para continuar defendiendo nuestras tesis, y sabiendo, por supuesto, que nadie nos pedirá cuentas de nada por tal invasión si en su transcurso no se han destruido porque sí bienes materiales. 

Claro, asumimos que siempre se podrá presentar algún caso dramático, como el histórico que todas conocemos como "la Revuelta de las Idiotas", cuando unas treinta y cinco mil personas ocuparon y se encerraron en un edificio público de poca más capacidad contada en metros cúbicos, y a continuación, como muestra de su inflexible determinación en su protesta y reivindicación, decidieron desconectar la climatización, tesitura en la que allí habrían muerto axfisiadas las muy gilipollas si no llega a ser porque la ciudadanía (gracias a la Red todo se sabe de inmediato) se movilizó al instante y allí se dirigió en masa para acto seguido sacarlas de la instalación a la fuerza, aunque sin en momento alguno pegarles. 

Muy dramático, sin duda, por lo que pudo llegar a suceder, pero, al final, sin víctimas irremediables ni por aplastamiento ni por asfixia, aunque sí hubo un buen mogollón de contusionadas y heridas de menor consideración. Encima, esas inconscientes suicidas hasta lograron que algunas de sus reivindicaciones fueran tenidas en cuenta y todo, lo que rememoramos hoy en día denominando despreciativamente así, "la marcha de las idiotas", a cualquier iniciativa o proyecto en principio absolutamente desatinado que se nos presente o proponga, y nadie se enoja por ello. 

No hay cárceles, ni siquiera para las autoras de los escasísimos y siempre infructuosos delitos de intento de evasión fiscal. Pero sí que existe el arresto domiciliario para tales individuos y, por otra parte, también y para según qué delitos, hay sanciones de otro tipo, como la pena de extrañamiento, deportación o destierro, y se hacen cumplir, aunque condenas de tipo tan severo como las citadas se aplican en contadas ocasiones. 

Y es que, a pesar de que aún existe la policía, después de ya cinco generaciones en la que la materia prima, los delitos, es prácticamente inexistente, se ha planteado socialmente que tan poca cosa igualmente podrá ser resuelta por la comunidad sin necesidad de policía alguna, y está previsto que ésta desaparezca del todo de aquí a lo sumo de doce o trece años. Yo seguramente ya no estaré aquí, al menos con mi actual cuerpo o hardware, pero estoy plenamente de acuerdo con tal medida. 

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Hoy en día a todas nos gusta mucho bailar, y raro es el día en que no lo hacemos en diversas ocasiones. Es lógico, no en vano el Ejército Mundial desapareció hace ya siglos, cuando, cincuenta años después del final de la progresiva absorción o destrucción por el mismo de los diversos ejércitos nacionales o estatales que aún subsistían por aquel entonces, se constató la obviedad de que ya no era necesario tipo alguno de fuerza armada militar pues ¿contra quien habría de luchar?: ¿contra sí misma? ¿contra una presunta invasión extraterrestre? 

Tal desaparición marcó el gozoso y glorioso hito o momento ya mencionado en el cual se produjo el triunfal y definitivo destierro de Ares, funesto a los mortales, no solo de la faz de la Tierra, sino de toda ella en su conjunto, hecho éste ante el cual nos consta que nuestra inestimable Gaia sonrió y suspiró, tanto de alivio como de satisfacción. 

A raíz de tales eventos, lo de bailar dejó de tener las abominables concomitancias con el desfile marcial o la instrucción militar en orden cerrado que hasta la fecha había indudable e innegablemente tenido, tanto rollo de marcar el paso y demás. Y así, hoy en día, cuando nos apetece, claro, y tras dejarnos impregnar, según las personas, durante un mínimo de entre ocho a quince segundos por la melodía y el ritmo de turno, todas nos entregamos, contentas, a mover libremente y hacia donde queramos las partes que queramos de nuestro cuerpo. 

O bien, en nuestro baile o danza, nos desplazamos por distintas dependencias, perfectamente sincronizadas, conectadas y enganchadas con la música ambiental, y con independencia absoluta de cuáles sean los movimientos del resto de bailantes, si las hay. Es sumamente divertido. 

Así, socialmente se considera el súmmum del mal gusto, propio de gente zafia o grosera (que haberla dicen que aún la hay, aunque en escasísima medida, en la vida real nunca te encuentras a nadie así), tanto el ponerse a bailar de inmediato, sin esperar esos segundos de necesaria sincronía con las esferas, como el hacer comentario negativo alguno sobre la forma de bailar ajena, de la misma manera que a nadie se le ocurriría tampoco hacerlo sobre si éste o aquella persona camina bien, mal o un poco raro, porque lo importante es que se ande o se baile, no el obstaculizarlo con reproches de todo punto inadecuados e inoportunos que pueden injusta, gratuita e innecesariamente, herir y zaherir la autoestima ajena. 

Naturalmente, no obstante, mucha gente, la mayoría mujeres (pero para nada la mayoría de las mujeres), forman parte de agrupaciones de las cariñosamente denominadas danzas robotizantes o, técnicamente, danzas de primer nivel, en cuyas evoluciones sí que es requisito imprescindible la mayor coincidencia posible de los rítmicos movimientos arriba y abajo, a derecha o izquierda, de todos sus danzantes. Coreografías, grupos de "majorettes" y cosas así. 

Son muy bonitos de ver, pero hoy en día a eso nadie le llama bailar, sino que se denomina, en el argot de la danza, el DMI o "Desfile a Menudo Inmóvil", por conservar las danzantes básicamente, salvo en recorridos callejeros, siempre el mismo terreno bajo sus pies aunque realicen pequeños desplazamientos hacia aquí y hacia allá. El DMI se integra en la primera y más sencilla jerarquía de niveles del popularmente respetadísimo y admirado arte de la danza. 

Dejando aparte el caso del vals (incluido, tanto por su belleza como por su dificultad, en el nivel tres del arte de la danza), por lo demás nadie entiende en nuestros tiempos esa absurda costumbre que teníais de, por narices, bailar de dos en dos, y tampoco hoy a nadie se le ocurriría hacer tal cosa, ya que no hay quien sienta tan extraña necesidad, porque más sincronía y sintonía físicas y mentales entre las personas que las que se establecen en los encuentros amorosos no se va a conseguir entablar por método otro alternativo alguno, y a nadie se le ocurre, en la actualidad, optar por absurdos sustitutivos cuando lo que se quiere es follar. 

Así lo vemos nosotras, y si a alguien comprendemos de vuestro pasado es a quienes, por un ejercicio de mínima coherencia y dignidad, se negaban en redondo a bailar mientras su concreción fuera aquella castrante y represora instrucción militar en orden cerrado, de dos en dos, y cuyo objetivo era crear parejas, no bailar. 

No nos engañemos. En vuestra época, el baile, esencialmente, estaba concebido como una obligación más a pasar por el varón, y siendo como mucho eso, un sustitutivo, que no una puerta de acceso, a los intercambios emocionales físicos de verdad, constituyendo muy probablemente el mayor de vuestros bastiones, junto con el condón, contra el libre ejercicio de los orgasmos y las relaciones sexuales de verdad, sin innecesarias o intimidatorias trabas intermedias u obstáculos a superar. 

Aunque, eso sí, se le ha de reconocer que era útil de cara a seleccionar a los tíos más folladores, que una vez más, y con tal de quizá algún día meterla, pasaban por esa horca caudina del baile como pasaban por todas. 

Pero tampoco se piensen que esto es un continuo follar de todas con todas, porque no en balde una de las grandes conquistas de nuestro sistema social y consuetudinario fue el rescate del derecho integral e igualitario a, por parte de los varones y no solamente durante su infancia, poder decirle que no a una mujer sin que ello desatara sobre él una catarata de lamentos, reproches o insultos más o menos velados. 

Excepto lógicamente el caso de adultas hacia menores, todo el mundo se puede insinuar a todo el mundo, pero las ocasiones en que tales insinuaciones acaban en rechazo de la contraparte son incomparablemente más numerosas que no las que sí son aceptadas, siendo la costumbre habitual (en esos, insisto, superabundantes casos) la de breve y mutuamente pedirse disculpas, el o la insinuadora por haberse insinuado con error en el target, y quien la rechaza, por esa su negativa. 

Y es que somos, no cabe duda, una sociedad sumamente amable, cordial y educada. 
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Saludos cordiales. 
ET & forrest gump. 
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